“Para el Pilar todos a vendimiar” es el proverbio que tradicionalmente ha marcado el comienzo de la cosecha en la región de Navarra. Es decir, el 11 de octubre se sacaban los capazos y los remolques para iniciar la campaña en uno de los sectores estratégicos de la región. En 2019 la vendimia comenzó a finales de agosto. La sabiduría popular llevaba tiempo siendo cuestionada. Unos treinta años aproximadamente. Aunque los viticultores y las bodegas eran conscientes de esta evolución, pocos habían analizado con precisión los detalles del cambio climático. ¿Cuáles han sido los síntomas en estas últimas décadas? ¿Dónde están los datos para certificarlo? Sara Valencia, una joven ingeniera de la Universidad de Navarra, ha sido la responsable de encontrar los patrones y convertirlos en su trabajo de fin de grado. ¿Las conclusiones? Tal como ha explicado a Terraview, un adelanto en el envero de 25 días, así como 15 días en el caso de la brotación y la floración.

Decía Picasso que conviene que la inspiración le pille a uno trabajando. Y algo así le sucedió a Sara Valencia cuando le llegó su momento eureka: andaba trabajando en un estudio de modelización de las condiciones fenológicas. Es decir, determinando los factores que influyen en la brotación, la floración y el envero de la vid para poder crear modelos predictivos. “Mi objetivo era adaptar modelos ya existentes a las condiciones climáticas de Navarra”, comenta.

Bajo la supervisión del profesor Carlos Miranda, Valencia comenzó a indagar en los archivos de la Estación de Viticultura y Enología de Navarra (EVENA). Su hallazgo, sin embargo, fue radicalmente distinto de lo que buscaba. Lo que encontró fueron, negro sobre blanco, los efectos del cambio climático en la viticultura de la zona desde el año 1984. “Al final quisimos incluirlo en el trabajo porque nos pareció algo importante y muy impactante”, señala.

El cambio climático en cifras concretas

Por raro que parezca, nadie se había sentado a examinar condetenimiento el rico archivo documental de EVENA en términos del calentamiento global y su impacto en la viticultura. Pero, en cuanto Valencia comenzó a recopilar los datos y darles una forma gráfica, la tendencia quedó claramente de manifiesto. “Partiendo del índice de Huglin para analizar la variabilidad climática no solo encontré variaciones muy grandes de un año a otro, sino que detecté una tendencia clara”. Entre 1984 y 2018, el envero de las vides de variedad tempranillo ha ido adelantándose hasta 25 días. La variación en los datos de floración y brotación es menos marcada, pero también ofrece un adelanto de 15 días. “Una cosa es saber que la vendimia se ha adelantado, pero verlo en un gráfico así de claro te impacta mucho más”. Y no solo eso, sino que, atendiendo a clasificaciones internacionales de tipos de clima, la región de Navarra estaría pasando a un clima distinto.    

Variaciones en función del tipo de uva

Una de las principales preocupaciones en el mundo vitivinícola es hasta qué punto cabe la posibilidad de adaptarse al calentamiento global. El estudio de Sara Valencia, si bien es solo una parte de la compleja ecuación del cambio climático, apunta a la posibilidad de recurrir a variedades menos sensibles a sus efectos. Aunque su investigación no recoge factores como la acidez del fruto o el contenido de azúcares, sí que muestra distintos comportamientos en función de la variedad de uva.

Concretamente, se estudiaron cinco variedades: tempranillo, garnacha, graciano, merlot y chardonnay. Los datos de las dos primeras muestran una cierta divergencia. Si la tempranillo, que supone el 20 % de la superficie total plantada en España, acusa un adelanto de 25 días en el envero, la garnacha registra un adelanto de 20. En la floración también hay una diferencia de cinco días en el mismo sentido, mientras que la fecha de brotación es la misma en todos los registros. “En general, el cambio más marcado se produce en los estadios fenológicos finales, concretamente el envero. Estamos hablando de prácticamente un mes de diferencia”, señala Valencia. “Todos sabemos que el cambio climático es real, pero aquí estamos viendo el impacto real sobre la viticultura. Es posible, incluso, que la maduración se vea perjudicada, ya que los inviernos más cortos impiden que se satisfagan las necesidades de frío de la vid”.

Sería preciso una comparativa más exhaustiva de variedades antes de alcanzar conclusiones, pero los datos iniciales indican que estas variedades responden de forma distinta al calentamiento global, tal como se apuntaba en el reciente estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Teóricamente, esto abriría las puertas a una selección de viñedos llevada a cabo bajo criterios de cambio climático. “Creo que hay mucho espacio para seguir investigando en esta línea”, concluye. Probablemente, junto con investigaciones como la de VitiAdapt, que analizó el comportamiento de 52 variedades de vid, una de las vías para analizar esta evolución en los próximos años será el desarrollo de modelos predictivos a partir de big data e inteligencia artificial.

La viña como vocación

El abuelo de Sara Valencia era viticultor y su familia procede de pueblos de fuerte tradición vinícola como son San Martín de Unx y Olite. “Desde muy pequeña me tocó ir al campo y siempre me ha gustado el mundo del vino”, explica. Al final, dio forma a esas afinidades estudiando ingeniería agroalimentaria y medioambiental en la Universidad de Navarra. En estos momentos, está realizando un máster para especializarse en enología y, especialmente, viticultura. “Yo soy más de campo que de bodega, lo mío es investigar la vid”, añade.

Fuentes: Navarra Capital, EVENA, PNAS, VitiAdapt, Wine Mag