Los viticultores conocen perfectamente la importancia del diagnóstico de nutrientes para el correcto desarrollo de la vid y para obtener el resultado deseado en la producción de los vinos. La interacción entre macronutrientes y micronutrientes es de una gran complejidad, convirtiendo el cuidado del suelo en un refinado arte combinatorio. A los conocimientos transmitidos de generación en generación, hoy se deben sumar avanzados conocimientos científicos y herramientas tecnológicas al alcance de una viticultura de precisión.

Es necesario complementar el plan de fertilización con un atento sistema de diagnóstico que permita vigilar los niveles de nutrientes con la precisión y antelación necesarias para poder corregir cualquier carencia o exceso en el viñedo. Un suelo vital, bien equilibrado y saludable es clave para obtener un balance vegetativo y reproductivo que garantice la excelencia organoléptica del vino mediante el óptimo rendimiento de la viña.

Raíces y hojas, el delicado equilibrio de los nutrientes en la viña

Las raíces han sido descritas como el cerebro de la vid, pero forman un todo con el follaje a la hora de captar los nutrientes que la viña utiliza para realizar la fotosíntesis y para distribuirlos hasta la uva de la que se obtiene el vino. Es en el suelo donde las raíces consiguen el tipo de nutrientes requeridos, pero es en la hoja donde se puede observar directamente si el equilibrio que busca el viticultor para la obtención de sus caldos es el correcto.

La fertilización y nutrición de la viña está enfocada a mantener este delicado equilibrio de los minerales: sobre todo nitrógeno, potasio y fósforo, pero también calcio, magnesio, azufre, hierro, boro, cobre, manganeso y zinc. Para ello se diseña un plan de abonado que se aplica antes de la plantación y se mantiene durante toda la vida productiva de la viña, con un calendario que establece la época, las dosis necesarias, la manera de aplicarlas, y las especificaciones del abono empleado.

La falta o la escasa presencia de alguno de estos elementos en el suelo se manifiesta con un síntoma característico de la planta. A grandes rasgos podemos decir que el correcto vigor de la viña depende del nitrógeno (N), que el fósforo (P) es determinante para la resistencia de la vid, y que el potasio (K) marca la calidad de los frutos de la viña.

Síntomas de carencias de nitrógeno (N), potasio (K) y fósforo (P) en la viña

El nivel de nitrógeno (N) en la viña debe ser moderado. La deficiencia de N provocará una reducción del crecimiento de la planta y la acumulación de carbohidratos de reserva, que afectarán al rendimiento de la vid en el siguiente ciclo de producción. Un exceso reducirá estos carbohidratos, dando lugar a un desmesurado crecimiento vegetativo que podría derivar en una maduración no completa de los frutos y a la podredumbre que colonizan los hongos. Con carencia de N las hojas manifiestan una coloración uniforme que va del verde pálido al amarillento, aunque los síntomas no son apreciables hasta que la deficiencia es severa. El exceso de N es más sencillo de observar: el follaje es abundante y las hojas se tornan verde oscuro, hay un exceso de vigor de los tallos, los entrenudos de las ramas son alargados y planos, la floración es eclipsada por la sombra, y en las hojas se acumulan sales que dan lugar a manchas blancas.

El potasio (K) es crucial para el desarrollo de las células vegetales. Además de activar el crecimiento de la vid, ayuda a que el follaje realice la fotosíntesis y a la acumulación de azúcar en las uvas: tiene un valor cuantitativo, pero también cualitativo. K ayuda a la eficiencia en el reparto del agua que transporta los nutrientes a las distintas partes de la planta. Su deficiencia produce una decoloración de los bordes de las hojas comenzando por las más jóvenes, que se enrollan a partir del envero y toman un aspecto amarillento (variedades blancas) y rojizo (tintas). En casos extremos hay desecación y caída prematura de hoja, lo que impide la maduración correcta de la uva y un buen agostamiento del sarmiento, y puede repercutir también en la siguiente brotación.

El fósforo (P) es igualmente fundamental para el crecimiento de la vid, pero no tanto para favorecer o disminuir el vigor, sino para prevenir corrimientos (la no formación de racimos) y enfermedades criptogámicas. Es positivo para el crecimiento de las raíces, sobre todo en los primeros años de vida de una cepa, y ayuda a que los brotes sean más fértiles. Las necesidades de P son mucho menores que las de N y K, y por ello los síntomas de carencia, hojas que adquieren tonalidades rojizas, se dan con mucha menor frecuencia.

Tecnologías aplicadas al control de los nutrientes en la viña

Para conseguir materias primas que supongan un buen punto de partida en la elaboración de vinos excelentes es necesario seguir un proceso complejo desde que la planta brota hasta que sus frutos llegan al enólogo en la bodega, para lo que se hace imprescindible la recopilación de datos de fuentes diversas. Hay gran cantidad de estudios y métodos que permiten calcular cuáles son las dosis adecuadas de fertilizantes combinando predicciones, como la producción o la climatología, con parámetros obtenidos por observaciones mediante sistemas tecnológicos que podríamos agrupar en sistemas no visuales y sistemas visuales.

Son no visuales el análisis de la composición química del suelo, el de las características del agua, o el análisis de la savia (entre otros). Los análisis visuales son aquellos que se centran en apreciaciones como el porte de la viña o el análisis foliar, conociendo elementos decisivos mediante la toma de imágenes por satélite o mediante el uso de drones. Para la correcta gestión de los nutrientes en la viña se hace ya imprescindible el uso de software que permitan al viticultor dar rendimiento al gran volumen de datos obtenidos mediante el uso de inteligencia artificial y aprendizaje de máquinas. Así, el reconocimiento visual, con la ayuda de la IA, puede detectar carencias en las primeras fases y, de paso, ahorrar alguna que otra visita al laboratorio.